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Publicado: Sábado, 01 de febrero de 2014

Gabriel Chávez Casazola

Serie poetas bolivianos


Gabriel Ch√ɬ°vez Casazola (Bolivia, 1972). Poeta y periodista. Public√ɬ≥ los libros de poes√ɬ≠a Lugar Com√ɬļn (1999), Escalera de Mano (2003), El agua iluminada (2010) y La ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros (2013 en Ecuador y 2014 en Bolivia). Parte de su obra se halla traducida al portugu√ɬ©s, italiano, ingl√ɬ©s y rumano. Poemas suyos se encuentran incluidos en antolog√ɬ≠as internacionales y de su pa√ɬ≠s. Ha participado en encuentros, lecturas y festivales de poes√ɬ≠a en varias naciones y ciudades de las Am√ɬ©ricas y en Espa√ɬĪa. Imparte talleres de poes√ɬ≠a en universidades y centros culturales. Columnista en peri√ɬ≥dicos bolivianos y colaborador de revistas internacionales de poes√ɬ≠a. Edit√ɬ≥ una vasta Historia de la cultura boliviana del siglo XX premiada como Libro Mejor Editado en su pa√ɬ≠s en 2009. Entre otros premios, ha recibido la Medalla al M√ɬ©rito Cultural del Estado boliviano. En 2013 fue finalista del Premio Mundial de Poes√ɬ≠a M√ɬ≠stica Fernando Rielo.


Albricias
A Lucía

Como un don o como la retribución de un don
cual una fruta presentada en un ritual simplísimo
la ni√ɬĪa ha entrado en la casa, lo ha
visto todo con su escuchar,
todo lo ha oído con su ver y así
tan atenta al universo
que acababa de crear
el primer día
(en el principio era la tiniebla y el espíritu de Dios flotaba
dulcemente, en posición fetal, bajo la faz de las aguas)
hágase la luz
ha dicho
sin apelaci√ɬ≥n a ning√ɬļn significante

y nos hemos comenzado otra vez a existir
briznas de su costilla,
depuesta la flamígera,
la desnudez desnuda,
su greda fresca, el jardín
recién regado.

[De El agua iluminada, 2010]



De su estancia

De su estancia en vaya a saberse cuáles ciudades de la confusión
conservaba,
apenas a salvo de la humedad y el calor propio a esa hacienda
estacada en el centro del verano,
unas cuantas revistas que en el cuarto de ba√ɬĪo daban cuenta
de un pasado mejor, de unos a√ɬĪos
de bullente actividad intelectual,
de grupos activistas, de talleres de cuento, de seminarios
lacanianos,
de círculos de discusión de la Escuela de Frankfurt
y otros misterios reservados para los iniciados en
el buen sexo y los porros de aquella época y de aquellas ciudades de la
confusión
en las que esa mujer altiva y l√ɬļcida aprendi√ɬ≥ a preparar un par
de buenos platos
-por ejemplo, pollo al mole-
que hoy junto a las revistas son todo el patrimonio que perdura
de aquellos a√ɬĪos dorados, esplendentes,
en que todos querían cambiar el mundo a fuerza
de bullente actividad intelectual y porros y Gramsci y hasta de Louis Althusser,
hasta que Louis Althusser estranguló a su mujer e ingresó al manicomio
y murió babeando su impotencia y su ira en un camino
lodoso, del color del mole del pollo al mole,
botando sangre como rojos un cuadro de Frida Kahlo,
ese lugar com√ɬļn ahora, por entonces a√ɬļn un descubrimiento
en una de las tapas de aquellas revistas estacadas
en medio del ba√ɬĪo de aquella hacienda,
estacada a su vez
en el centro de esa mujer altiva y l√ɬļcida, tan digna
en su derrota
como la golondrina de Wilde cuando decía
despreciar el verano.

[De El agua iluminada, 2010]



De senectute

Y así, de un modo insensible, imperceptible, va uno envejeciendo,
no hay brusca ruptura de la vida, váse extinguiendo
con esa diuturnidad, ese quehacer cotidiano

Marco Tulio Cicerón, "De la vejez"

Como un coral joven, como
una dendrita que extendiera su primer
filo al mundo para asir el tejido,
como un g√Į¬Ņ¬Ĺemb√ɬ© cuando se prende al √ɬ°rbol con u√ɬĪas breves y ra√ɬ≠ces
todavía tiernas,
as√ɬ≠ en alg√ɬļn momento allan√ɬ≥ este dolor
la casa del verano
y fue poco a poco instalándose en ella,
construyendo su sillón de hierro sobre el piso del living,
entornillando su plato de aluminio vacío
en la mesa en la que repicaban las cucharas,
hincando un tenedor de ponzo√ɬĪa en los guisos que aromaban la cocina,
acostando su cuerpo de calamar viscoso en nuestra cama,
haciendo un agujero en alguna
tuber√ɬ≠a del ba√ɬĪo
gota sobre gota que marcaba
las lentas e intermitentes fugas de la dicha.

Como un arrecife de coral, como un manglar de dendritas
las u√ɬĪas y ra√ɬ≠ces de este dolor hicieron suya la casa del verano.

Ahora este silencio presagioso que inquieta la biblioteca
y recorre los estantes y la mesa de noche
acaso anuncia que el invasor muy pronto enmohecerá los libros
o desvanecerá sus letras,
entrepalabrándolas
con panfletos y facturas vencidas.

De ahí que sea una urgencia llenar páginas de signos
que más aprisa que la carcoma
que más aprisa que el tumor puedan acusar
recibo
de que existió el verano y existieron las cucharas y los guisos
y la cama de lino feliz y el agua en la regadera
y los libros en la mesa de noche
y este que escribe
y este que escribe.

[De El agua iluminada, 2010]



La canción de la sopa

En tiempos de mi abuelo las familias eran grandes
vivían en grandes casas -grandes o chicas, pero grandes,
inclusive diminutas, pero grandes.

Comían alrededor de grandes mesas
mesas fuertes, cubiertas o no de mantel largo
pero bien establecidas en el piso.

Con cucharas enormes comían la sopa
en los grandes mediodías. La sopa extraída con grandes cucharones
de unas enormes soperas.

Se reunían juntos después a oír la radio, a tomar café,
a fumarse un cigarrillo
sin grandes (ni peque√ɬĪos) cargos de salud o de conciencia.

Mamá, bordando a veces y a veces tejiendo,
veía sucederse a los hijos y a los nietos
en un ininterrumpido y gran bordado.

Papá, la autoridad papá, llegaba todas las tardes a las 6
montado en un gran auto americano o en un gran caballo
o con un gran estilo
de caminar
para pasar la noche junto con los hijos y los nietos que el
tiempo no había interrumpido,
salvo aquél que enfermó, aquél que se fue
dejando un enigma y una sensación de vacío
-una enorme sensación de vacío-
flotando, con el humo de los cigarrillos,
sobre la sobremesa de la cena.

A veces, en esos momentos, papá, la autoridad papá,
dejaba de escuchar los sonidos de la radio y quería estar
solo consigo mismo, simplemente
no estar ahí, tal vez estar corriendo por alguna lejana
carretera con una rubia parecida a mamá cuando no era
mamá, montado en un gran auto americano o en un gran caballo o
con un gran estilo de caminar a√ɬļn no vejado por el tiempo.

Mamá a su vez algunas sobremesas sentía un nudo
en la garganta, un nudo que después salía flotando de su
boca montado en un gran suspiro,
un enorme nudo que se enredaba en el vapor
de su taza de café, con unas
volutas que le robaban la mirada y la hacían desear
estar sola,
simplemente no estar ahí, escuchando los llantos
de las √ɬļltimas hijas y los primeros nietos.

As√ɬ≠ fueron los a√ɬĪos, vinieron los caf√ɬ©s y los cigarrillos
y un día la gran casa se fue quedando sola, las enormes
soperas vacías, las cucharas mudas
de una enorme mudez que a hijas y nietos nos persiguió
a lo largo de miles de kilómetros de carretera, de cable de
teléfono, de grandes ondas que ya no se miden en kilómetros.

Incluso aquél que enfermó, el primero en partir
como cada quien que bebió de esa sopa fue alcanzado por la mudez,
que se metió en su pecho por la gran boca abierta
de un enorme bostezo.

Entonces
compró una breve sopa instantánea
y entre sus mínimas volutas
se permiti√ɬ≥ un peque√ɬĪo llanto.

No podía tomar la sopa.
en su diminuto departamento no había una sola cuchara,
una sola mesa bien fundada, algo
que vagamente pudiera parecerse a la felicidad
y sus rutinas.

Entonces pensó en los tiempos de su abuelo o del mío
o del tuyo, cuando las familias eran grandes
vivían en grandes casas -grandes o chicas, pero grandes,
inclusive diminutas, pero grandes
y veían sucederse a los hijos y a los nietos
en un ininterrumpido y gran bordado
con enormes hilos invisibles abrazándolos a todos en el aire.

[De El agua iluminada, 2010]



El deseo de Aladino

Que esta línea de tinta se torne en una ajorca

que de la ajorca crezca la danza de una bailarina

que en los ojos de la danzante asome la noche

que en su noche haya estrellas fugaces

y que una de ellas trace esta línea de tinta

[De El agua iluminada, 2010]



Koyu Abe siembra una semilla de girasol en los jardines del templo de Genji

Koyu Abe, con rigurosa t√ɬļnica negra,
alta y rapada la cabeza
llano el ce√ɬĪo
siembra una semilla de girasol en los jardines del templo de Genji.

Con parsimonia deposita la peque√ɬĪa c√ɬ°scara repleta
de luz en potencia
de futuros asombros
en un cuenco cavado entre la tierra.

La cubre con una peque√ɬĪa pala
la riega con una regadera anaranjada.

Pasa la brisa sobre los jardines del templo de Genji
la siente Koyu Abe en sus manos salpicadas por el agua.

En una bolsa de tela colgada en el regazo lleva
unas decenas o cientos de semillas.

Es a√ɬļn muy de ma√ɬĪana y sembrar cada una es su tarea
y cubrirla
y regarla con su regadera anaranjada.

Un mill√ɬ≥n de girasoles habr√ɬ°n de alfombrar pronto los jardines de Genji y los huertos aleda√ɬĪos.

Monjes, campesinas,
todos habrán de tener manos humedecidas por el agua que riega los futuros
asombros amarillos de los ni√ɬĪos,
las que serán luces piadosas para ojos extenuados.

Koyu Abe no conoce a Van Gogh, mas pinta girasoles con su pala.
Koyu Abe, cuya mirada divisa, en lontananza, los perfiles grisáceos de los silos nucleares.

A la vera de Fukushima se levantan los jardines del templo de Genji
y es preciso purificar el cielo, purificar las aguas, purificar el suelo, purificar los soles sembrando girasoles.

No es un efecto estético, me dice Koyu Abe, en el silencio de la imagen:
las raíces absorben los metales pesados
y del veneno nace, como si tal, la flor.

Mas es verdad que también la belleza purifica
por sí misma,


acota el holandés, saliendo del silencio de la tela,
y Koyu Abe me extiende una bolsa de semillas
de cáscaras repletas de diminuta luz.

La enorme regadera anaranjada
me la alcanza Van Gogh.

[De La ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros, 2013]



C.3.3
(Wilde en Berneval)


La gran oruga blanca, como le puso de moquete
una enemiga suya, de las tantas, reparte caramelos a los ni√ɬĪos franceses
en el balneario de Berneval, en ocasión del jubileo de la Reina Victoria.

√ɬ©l, que conmovi√ɬ≥ con su verbo hasta a los rudos le√ɬĪadores
de las Monta√ɬĪas Rocosas
√ā¬Ņy qui√ɬ©n le peg√ɬ≥ el tiro a Benvenuto Cellini?, le inquirieron
después de haber brillado en los salones y teatros de este y del viejo mundo,
de haber impresionado al príncipe de Gales
Ecce homo
y a tantos aristócratas y esfinges y a los hermanos Goncourt, a quienes gustaba el relato
de los le√ɬĪadores y Cellini,
reparte mansamente caramelos a los ni√ɬĪos.

Ha expiado su arrogancia y ya no cree en lo invicto del ingenio
ni que la verdad deba ir necesariamente de la mano con la belleza,
como sostenía, girasol en mano, otrora.

Sin embargo, él, que ha visto a Cristo en el hedor de las mazmorras,
no puede dejar de pensar, a la hora de la conversión,
que la flagelada verdad hebrea podría
-y acaso debería-
darle un rincón en su establo
(o en su celda)
a la belleza griega.

Y le consuela la memoria de su primer viaje a Roma, el haber
descubierto entonces
-cuando era a√ɬļn bello e ingenioso-
a los dioses
(o las estatuas de los dioses, que es lo mismo)

debidamente expuestos y admirados en los museos vaticanos,
entre las hornacinas de los apóstoles y de los mártires,
como una concesión, piadosa y final, de los cristianos
a Petronio.

Pero este es ya Sienkewicz y su Petronio, quien se abri√ɬ≥ las venas creyendo que con su sangre y la de su esclava se ir√ɬ≠an la belleza y los placeres del mundo pagano; un Petronio y un mundo de los que Oscar Fingan O Flaherty quiso (y supo) ser una suerte de reto√ɬĪo en un tiempo tan poco propicio a la belleza y al ingenio y a la verdad como este mismo, Eunice.


[De La ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros, 2013]



De la velocidad de los fantasmas

En un prólogo leo que un poeta fue prematuramente muerto.
Pero, √ā¬Ņacaso hay alguien que muere antes de tiempo?
Todos morimos en el momento exacto.
Lo que ocurre es que los muertos jóvenes dejan más cosas pendientes
y tardan mucho en desplazarse
-distraídos y perplejos- para cerrar sus círculos.

Sí, los muertos jóvenes viajan muy lentamente
para poder ajustar cuentas:
s√ɬ© de una muchacha cuyo fantasma demor√ɬ≥ largos veinte a√ɬĪos
en recorrer a pie la ruta desde Buenos Aires hasta San Lorenzo,
en el norte,
atravesando pampas y ca√ɬĪaverales,
para poder decir adiós
con una vaharada de perfume a un hombre que fue suyo,
y sé también de un piloto, muerto en cierto accidente,
que demor√ɬ≥ diez a√ɬĪos en llegar a los sue√ɬĪos de su madre
para revelarle en cuál pico de los molestos Andes
se encontraba, congelado y envejecido,
cual la heroína de Horizontes Perdidos en el Tibet,
su exquisito cad√ɬ°ver treinta√ɬĪero.

Los muertos viejos no.
Los fantasmas de los que han muerto viejos llevan los pies livianos
ya casi alígeros de tan inmateriales
(remember A Christmas Carol)
y pueden cerrar cuentas -si a√ɬļn las tienen- en una misma noche,
en esa misma noche en que los velan.

Los muertos ni√ɬĪos
los muertos ni√ɬĪos no se van del todo
se quedan atrapados e indefensos entre sus juguetes
sin percatarse de que han muerto,
de que algo ha cambiado radicalmente entre ellos y nosotros.

Por eso, cuando de noche en tu departamento se encienda alg√ɬļn juguete sin motivo
aparente o si, como en cierto palacete de San Isidro en Lima,
un ni√ɬĪo se le aparece a una invitada
de voz bella, con toda naturalidad,
jugando tras del escritorio,
es que all√ɬ≠ alg√ɬļn peque√ɬĪo no ha cerrado su c√ɬ≠rculo
entre sí mismo y la dura razón de la existencia.

Los muertos no nacidos fluyen siempre en el torrente de la sangre de sus madres.

[De La ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros, 2013]



1972

Fue el a√ɬĪo en que Nixon visit√ɬ≥ la China
que Marco Antonio Campos refutó a Neruda

Las páginas no sirven. La poesía no cambia
sino la forma de una página


que estrenaron Solaris (lo dije en otro poema) pero tambi√ɬ©n Aguirre Cabaret Garganta profunda El hombre de La Mancha Gritos y susurros El √ɬļtimo tango -ah Mar√ɬ≠a Schneider en la tina y Brando ubicuo, bilocal, al mismo tiempo en el √ɬ°tico parisino y en Villa Corleone, otro y el mismo- mientras Zefirelli hac√ɬ≠a volar a Chiara y Francesco en una nube de flores y Chaplin volv√ɬ≠a a Hollywood (ya Osvaldo Soriano lo cont√ɬ≥ en una novela suya).

Murieron Chevalier, Alejandra y Kawabata, el primero bailando los otros dos
al filo del espejo
y se despidió de este mundo una princesa
Carolina Matilde de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Gl√Į¬Ņ¬Ĺcksburg, bautizada como Princesa Viktoria-Irene Adelheid Auguste Alberta Feodora Karoline Mathilde de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Gl√Į¬Ņ¬Ĺcksburg
de la que solo queda el nombre en Wikipedia.

También dijo arrivederci el profeta de la usura, que solía contemplarse en los ríos
en noches de plenilunio y enderezar aun las torres con sus cantos.

Una estela explosiva dejó el cohete fallido que propulsaba a la sonda Cosmos hacia Venus
y otra Harry S. Truman, con su cortejo de átomos y carne chamuscada.

Bobby Fischer, el díscolo, el irreductible, venció a Boris Spassky
llevándose el título a casa junto a unas cervezas,
en tanto el odio ensangrentaba los juegos olímpicos de Munich el penal de Trelew
un domingo en Irlanda del Norte el campus de la universidad de El Salvador
en cuanto un terremoto destruía Managua y en Roma
un tal Laszlo Toth atacaba la Piet√Į¬Ņ¬Ĺ√Į¬Ņ¬Ĺde√Į¬Ņ¬ĹMiguel √ɬ°ngel con un martillo,
gritando que él era Jesucristo.

Era 1972 y en un pa√ɬ≠s perdido entre monta√ɬĪas,
en una clínica metodista, por puro azar,
nacía yo, que debí haber nacido en otra ciudad y otro hospital;
y poco antes o despu√ɬ©s nac√ɬ≠an otros ni√ɬĪos y ni√ɬĪas con los ojos tambi√ɬ©n maravillados,
de este y del otro lado del Ecuador, dedicados ahora, como yo, a este in√ɬļtil,
maravillosamente in√ɬļtil oficio de escritura.

Sí, de seguro fueron los efectos del cohete de la Cosmos
el poderoso cóctel de todas esas películas
algo de los √ɬļltimos alientos de Pound y la Pizarnik,
y sobre todo la estela del poema de Marco Antonio Campos:

Las p√ɬ°ginas no sirven. / La poes√ɬ≠a no cambia / sino la forma de una p√ɬ°gina, la emoci√ɬ≥n, / una meditaci√ɬ≥n ya tan gastada. / Pero, en concreto, se√ɬĪores, nada cambia. / La poes√ɬ≠a no hace nada. / Y yo escribo estas p√ɬ°ginas sabi√ɬ©ndolo.

Eppur si muove, cuarenta a√ɬĪos despu√ɬ©s
ya solo quedan en pie los poemas de Alejandra, los cantos de Ezra, algo de las novelas de
Kawabata, mucho de los versos de Neruda y casi todas esas cintas
indescriptibles

mientras el resto: Nixon Mao Neftalí Reyes Tarkovski Klaus Kinski Bob Fosse la deliciosa
Linda Lovelace el insoportable Ingmar Bergman la m√ɬ°s deliciosa Mar√ɬ≠a Schneider el m√ɬ°s insoportable Marlon Brando el ya no se diga Charles Chaplin Osvaldo el Negro Soriano Maurice Chevalier Carolina Matilde de Schleswig- Holstein-Sonderburg-Gl√Į¬Ņ¬Ĺcksburg el propio Ezra el programa espacial sovi√ɬ©tico la URSS Truman Bobby Fischer y todos sus rivales las v√ɬ≠ctimas y los asesinos el loco del martillo
son ya carne de gusanos y de la desmemoria

como lo seremos los poetas del 72 y Zefirelli y Marco Antonio Campos alg√ɬļn d√ɬ≠a
pero no su refutación a Neruda que se refuta a sí misma

perdurando

in√ɬļtil y maravillosa
como la poesía,
como la Loren
como La Pietá

triste, solitaria
y final.

[De La ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros, 2013]



Alivios

Aliviaba cierto dolor de la infancia atesorando
piedras de cuarzo
recogidas en las calles de tierra
piedras
comunes pero tocadas por alguna veta mágica
que las había transfigurado
transmutado
guijarros ocres elevados hacia el mármol.

Las reunía en el patio trasero de la infancia
y se las ense√ɬĪaba a alg√ɬļn vecino pobre alguna tarde pobre
a otro ni√ɬĪo cualquiera como √ɬ©l que
sorprendido
las pesaba y admiraba entre sus manos
maravillado
por la existencia de una belleza que no había entrevisto antes
guijarro ocre también él
y desde entonces surcado por una contemplación secreta
por una veta
que elevaba sus ojos al destello del mármol.

√ā¬ŅQu√ɬ© habr√ɬ° sido, me pregunto en esta tarde pobre de febrero,
de ese vecino y aquel patio trasero y la colección de cuarzos?
√ā¬ŅY qu√ɬ© habr√ɬ° sido del coleccionista?

En cuanto a él,
abrigo algunas sospechas sobre su paradero.

De hecho
yo mismo alivio ciertos dolores de la madurez recorriendo
las calles de tierra o de cemento de la tierra
buscando piedras
comunes
-palabras-
surcadas por alguna veta mágica
secreta
que permita transmutarlas hacia el mármol
con solo saber escuchar
-caracolas calladas-
lo que podrían decir
reunidas
en un patio trasero.

Las recojo, las re√ɬļno, las atesoro,
me maravillo
de su belleza oculta
guijarro ocre
las transcribo
y se las muestro alguna tarde a alg√ɬļn vecino.

A veces pienso que no sirven de nada
y una voz en el sue√ɬĪo me dice que no alcanzan,
que no alcanzan.

Es verdad que la colección de cuarzos no logró borrar el dolor que desfiguraba la infancia
del coleccionista,
sacar de la pobreza a su vecino ni mejorar la calle o el traspatio

mas su solo estar ahí bastaba
para aliviar el mundo,
para transfigurarlo

para poner en los ojos un destello
y así elevar la piedra y aproximar el mármol

haciendo al mundo ligeramente más bello

y acaso
también
menos

cruel.

[De La ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros, 2013]



No

No en el precioso y preciso jaspeado carmesí en el corazón de esta flor
blanca como un cáliz de nieve,
no en sus p√ɬ©talos albos y peque√ɬĪos, no en las
líneas carmesíes diminutas como trazos de sangre de un gorrión
malherido de amor sobre esa nieve;
no.

La belleza está en los ojos del que mira,
en el preciso y precioso jaspeado del iris de sus ojos,
en el corazón de su pupila,
en las líneas nerviosas diminutas que conectan el ojo
con la mente.

La belleza no está en el mundo por sí misma y para sí.
La belleza del mundo está en los ojos de los habitantes del mundo,
en la mente de los habitantes del mundo, en todos los sentidos de los habitantes del mundo
pues no hay olor sabor textura ni trinos de gorrión ni cálices de nieve
sino aquél que puede maravillarse en ellos.

La belleza está en tus ojos en tu lengua en tu pezón
en el funcionamiento maravillosamente armónico del martillo y el yunque y el tímpano de tu oído interno
en las células olfativas que trémulas se extienden debajo de tu rostro.

Contra la muerte y el dolor y el mal,
a pesar de la extensión de su reinado en ti y en mi,
la belleza está en ti y en mi, no en esta flor

que temblorosa sostiene
su blancura
y sus irisaciones carmesíes
en una palma cuyo pulso un día dejará de latir
y ser√ɬ° trazo de sangre en el coraz√ɬ≥n de un gorri√ɬ≥n ni√ɬĪo
y cáliz de tierra y humus para las nuevas flores
como esta

que temblorosa sostiene
su blancura
para aquellos que podemos percibir la suma
de todos los colores.

[De La ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros, 2013]



Vuelo nocturno / Arte poética 1

Esa luz que se apaga
no es un imperio
ni una luciérnaga.

Antoine lo sabía, lo supo volando sobre la Patagonia.

Esa luz que se apaga es una casa que cesa de hacer su ademán
al resto del mundo,
una mansión

-una humilde mansión si cosa cabe: todas las casas del hombre
son una mansi√ɬ≥n, todas las mansiones del hombre una caba√ɬĪa-

una mansión, decía Antoine, que se cierra sobre su amor. O sobre su tedio.

Una luz vacilante a la que
-frío al calor-
unos labriegos reunidos
se aferran

náufragos que balancean un fósforo
ante la inmensidad
desde una isla desierta.

[De El agua iluminada, 2010]



Vuelo nocturno / Arte poética 2

El eje del mundo se ha movido hoy diez centímetros

a la izquierda o a la derecha quién lo sabe
pero los poetas esta noche andan revueltos

y se descalzan
y entran al río
y se ponen
a atrapar
el resplandor
de las estrellas

a atraparlas
con las manos
en el agua.

[De La ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros, 2013]



Donde el poeta, investido como un personaje de Kozinski, conversa con su hija

Para Clara

Y si de pronto un rayo o un camión se abaten
sobre la palma erguida,
sobre su razón llena de pájaros
y mediodías

si la malaventura hiere su frente de luz
y la desguaza
y convierte en escombros su razón
y su alegría
que era también la nuestra

no te dejes llevar por la tristeza,
hija,
recuerda que detrás de los escombros
siempre quedan semillas

y que alg√ɬļn d√ɬ≠a,
pronto,
después del rayo y la malaventura

se abrirá la luz
cantarán los pájaros
y nuestra calle y todas las calles del mundo
donde alguna vez hubo palmeras abatidas
se llenarán de felices jardineros
que peinarán
los nuevos brotes
y regarán los mediodías.

Te lo prometo, hija:
la ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros.

[De La ma√ɬĪana se llenar√ɬ° de jardineros, 2013]



Una rendija

Y tomando barro de la acequia
el ni√ɬĪo form√ɬ≥ cinco pajarillos cuando nadie lo ve√ɬ≠a.

Se alisó entonces el cabello que le cubría la frente
tomó aire
sopló suavemente sobre ellos

y echaron a volar.

[De El agua iluminada, 2010]



Algunos juicios y comentarios sobre su poesía


"Poesía del elemento líquido, del viaje, de lo inestable como el tiempo y la memoria, la obra de Gabriel Chávez Casazola tiene el poder de transfigurar lo que toca, de iluminarlo. Sólo un cabal poeta puede crear desde el juego permanente de distancias y proximidades que desencadena estos poemas, un movimiento que logra ir desde la sabiduría siempre inexplicada del Evangelio hasta la contingencia del mundo en el viaje del tiempo.
Al mismo tiempo polifónica y profundamente centrada en la palabra de su creador, la obra de Chávez Casazola -un autor cada vez más reconocido entre los poetas del continente- suscita la inmediata adhesión del lector, la total identificación con el yo de su poesía, que es siempre un nosotros, los que nos reconocemos iluminados por este poeta de excepción".
(Alfredo Fressia, Uruguay)


"Epifánica, torrencial y efusiva. Así encontramos la novísima poesía de Gabriel Chávez Casazola, una de las voces más imprescindibles de la poesía boliviana contemporánea. (...) El problema filosófico de la memoria y el placer se hace presente (como nos diría el filósofo Bentham en su Aritmética del placer) para entretejer de manera insólitamente hermosa los trazos de sus poemas, que contienen sugerencias de largo aliento en una suerte de poesía épica personal, que es a la vez capaz de conmover a sus lectores".
(Xavier Oquendo, Ecuador)

"Hay una distinción en el pensar de estos poemas. Es de tal manera agradecido este pensar que en sus formas, no sólo en sus parábolas, no sólo en sus refocilos, también en sus escorzos y en sus claroscuros, hay poemas que alcanzan el resplandor de las teofanías".
(Vilma Tapia, Bolivia)

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