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Publicado: Martes, 11 de octubre de 2016

María Teresa de Vega


María Teresa de Vega nació en La Laguna (Tenerife, España), en cuya universidad se licenció en Filología Románica. Tiene publicados cuatro poemarios, Perdonen que hoy no esté jovial (2001), Cerca de lo lejano (2006), Mar cifrado (2009) y Necesidad de Orfeo (2015); dos libros de relatos, Perdidos en las redes (2000) y Sociedad sapiens (2005); y tres novelas, Niebla solar (2009), Merodeadores de orilla (2012) y Divisa de las hojas (2014). Su página web: www.mariateresadevega.es


 
 
 
 
 

Selección de poemas


  
DE PERDONEN QUE HOY NO ESTÉ JOVIAL
 
NO HAY MANERA (1)
 
No es verdad que los dioses quieran hundirnos.
Lo contrario es una hipótesis bastante incierta, y aún así nos estremecemos.
Porque no basta con mirar los campos azules de la adolescente lavándula,
Ni los violetas del joven lino, ni la hierba tiernísima
De después de las lluvias.

No basta con admirar los aires que sacuden los tallos, y que
Fecundan las flores, ni a aquellas otras que visita un insecto,
Embadurnado de polen al término del suculento sorbo de néctar.

No basta asentir a todo esto que parece sonreír
Y apartar, respetuosos, más arduos aconteceres.

No basta con ser amor, amor devastador o beso
Que solo constata que es inencontrable en mercado oriental alguno
Piel como la de esa boca,
Tibieza bajo ningún sol como la que exhalan esos labios entreabiertos.

No basta con la audacia que un día se tuvo
Y que acompañaron imaginarias marchas triunfales,
Ni el castigo a veces del desdén, ni la conciencia del yerro,
Ni el dolor del engaño.

Nada basta,
Y, sin embargo, es bastante esos árboles en flor
Y después las cerezas.
Nada basta.
No he visto nada que pueda aplacarlos. No pensé nada que les fuera
Dilecto. No amé como en lo alto se aman los gigantes, con estrellas
Como labios, y como vértigo el del torbellino sideral.

Quizá porque no fui flor, ni insecto, ni ola vaporosa,
Y puedo crearlos a imagen de mis sospechas:
De espaldas al jardinero que podará nuestras sombras,
Jardinero de agencias de silencio y olor triste
En todos los Olimpos detestadas.
 
  
 
 
 
DE CERCA DE LO LEJANO
 
ESTIRPE

¿Dónde mora el olvido de ceniza
y purpúrea vela
henchida por los aires que al trirreme
empujan, del romano
y a las naves griegas?

Contemplamos sobre el farallón,
el mar, abajo,
los hundidos antepasados en su fondo:
aun muertos de nosotros tiran,
legados ya los ojos abisales.

Para la oscuridad los ojos.

Lanzamos un guijarro al mar,
a nuestro propio techo.
A un lado, una quilla rota queda
de un naufragio de historia.
Y, apolíneo, hay un cuerpo varado.

Con pies de tiempo,
pisamos esa belleza, esa confianza orgullosa
en la belleza, derrubios que rizos fueron
del canon.

Sobre nosotros, por encima del mar,
el haz ciega el mediodía.
En el envés, barro de amorcillos y paisajes,
y de las fraguas, los mordidos restos.


 
 
DE MAR CIFRADO
 
LA VOZ

Las palabras se clavan como arpones
en el lomo del mar. En la pleamar,
clavan su memoria
en el bamboleante pastel
que se embriaga.

Ved:
nos sentimos desde las olas que suenan.
Desde sus sílabas locuaces
agobiantemente. Sílabas como caballos
salvajes que alborotan las cuadras,
el látigo del jinete como mediador
entre la desmesura y la gracia.

También, salvaje, galopa el corazón.
Tiene sus caprichos y sus cabalgadas,
tiene su derrumbe, ensalivada la boca.
A veces trote contenido que busca
melodía, apagar las risas busca
del que ríe sin arrugar los labios
y empuja estirado la piedra. Piedras,
Oh, días y días de las piedras, eras, edades,
Contra la boca.
 
 
 
DE NECESIDAD DE ORFEO
 
MUJER Y PÁJARO

¿Qué ves en mi jardín? En la enredadera un lugar
para tus nidos. En el escarlata glorioso de sus sépalos
anduviste escalando; en la oscuridad bajo los troncos trenzados,
ejerciste tu profesión de arquitecto, preciso y ajustado
a la mesura de la dignidad,
que siempre es pobre de adornos que no cesan en mi casa,
en casa de los patricios que acumulan

la envenenada belleza de los siglos: los atrios amplios
con esbeltas columnas, los arcos de las puertas y las celosías
que domeñan la luz, la luz en el acanto
de los capiteles corintios. Los ecos de todas las edades,
de las pasadas victorias sobre la sencillez, en su corta vida
de codicioso vencedor amontona.

Arriba estás, lejos del lagarto verdinegro y su esquiva andadura,
más cerca del sol esplendente, del sol que pone a arder las piedras,
esas piedras que despiden su calor en la noche,
su corazón ardiente arrimado a nuestro pecho en la oscuridad,
su solicitud imperturbable, sin preguntar por el abandono
en la apoteosis teatral de la aurora.

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net