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Publicado: Jueves, 08 de junio de 2017

El terrorismo sagrado contra los infieles

Por Javier Claure C


Primera Parte

A lo largo de la historia de la humanidad, todas las sociedades han experimentado cambios culturales, políticos, económicos y sociales. Para citar tan solo algunos ejemplos: el Canal de Panamá ha sido entregado a sus dueños, el comunismo ya no reina en algunos países, se ha caído el Muro de Berlín y Etiopía ha devuelto el puerto de Massawa a Eritrea.

Foto: Javier Claure C. (Estocolmo después del atentado terrorista)

Durante los últimos años ha surgido un nuevo fenómeno; el terrorismo fundamentalista con un tinte religioso. Esta “violencia sagrada”, ha causado un impacto cruel en algunos países del mundo. Hecho que ha despertado gran preocupación en los ámbitos mediáticos, académicos, políticos, militares y en la opinión pública en general. Sin lugar a dudas que se trata de un tema muy complejo, en la que existen muchas variables para analizar.

El terrorismo se bifurca en muchas vertientes. Hay terrorismo internacional como, por ejemplo, la anexión de tierras palestinas a Israel mediante la fuerza bruta, la usurpación británica de las islas Malvinas, los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Existe también el terrorismo de extrema derecha como ocurrió en Noruega hace algunos años. Anders Behring Breivik, un hombre rubio de ojos azules, vinculado a ideales neofascistas, mató a 87 personas y dejó a cientos de personas heridas. Fue un atentado fundamentalista. Hay grupos revolucionarios, con ideas seculares, que luchan por cambiar las estructuras de una sociedad injusta y opresora. En la década de los años 70, grupos marxistas capturaban rehenes para conseguir algún objetivo concreto. Este tipo de revolucionarios, no tenían como meta final el suicidio. En el prólogo, del Diario del Che, escrito por Fidel Castro reza: “… un pequeño núcleo enfrentado a condiciones materiales sumamente adversas y a un enemigo infinitamente superior en número, cuando el menor descuido o la más insignificante falta puede resultar fatal”. O sea, la pérdida de un solo hombre es una verdadera tragedia para el grupo. Che Guevara escribió en sus apuntes: “El combatiente guerrillero busca arriesgar su propia vida, pero tiene que ser prudente y nunca exponerse innecesariamente”.

Por otro lado, los terroristas cuyos programas están impregnados de teorías religiosas. Es decir, dictadas por un líder religioso, tienden a justificar sus actos por razones, muchas veces, incompatibles con la realidad. Acusan a Occidente de todas las desgracias del mundo. Y, por lo tanto, se debe combatir contra “los infieles” utilizando el ascetismo y el suicidio. Se traza una línea de tiempo sin caducidad para actuar en cualquier parte del mundo. No luchan contra un sistema socioeconómico ni político, sino más bien contra una civilización que se comporta en contra de sus principios. La idea de ser mártir, en el otro mundo, es una bendición, ya que según ellos, se obra en nombre de Dios. Es así que estos terroristas son bombas humanas, capaces de camuflarse entre la multitud de la gente, y en el momento menos pensado inmolarse causando el mayor número posible de muertos.

¿Qué objetivos podrían causar estos actos terroristas?

Sin vacilar un segundo: mostrar su capacidad de despliegue en cualquier parte del mundo, potenciar las ideas de su grupo, cundir el pánico entre toda una población, desbaratar la libertad y el sistema democrático de un país.

El terrorismo con camiones en Francia, en Alemania y en Suecia encaja en este contexto, mostrando un método desesperado nunca visto anteriormente.

En realidad, el primer atentado terrorista en Estocolmo sucedió el 11 de diciembre de 2011. Taimour Abdulwahabs llevaba una mochila con una bomba hecha en una olla a presión. Cuando caminaba por las calles centrales de la capital sueca, activó la bomba. Afortunadamente no estalló porque se rompió un cable. El único muerto fue el mismo Abdulwahabs.

El segundo atentado terrorista fue mucho más espantoso. El siete de abril de este año, más exactamente a las 14:53 horas, Rakhmat Akilov de 39 años, padre de cuatro hijos y de nacionalidad uzbeka, arrolló con un camión a muchas personas en la calle peatonal, Drottningatan, en pleno centro de Estocolmo. Era un viernes como cualquier otro, la gente caminaba tranquila por esa calle. De pronto apareció un camión a gran velocidad y con una certera intención de matar al mayor número de gente, logrando cinco muertes y quince personas heridas de gravedad. Unas horas después del atentado, en el sector de Märsta a unos 40 kilómetros del centro de Estocolmo, Akilov fue capturado por la Policía, quien inmediatamente reconoció ser el autor del atentado. Por primera vez en la historia Estocolmo se convirtió en una ciudad en guerra. Todas las tiendas, colegios, oficinas y lugares públicos se cerraron. Se emitían informativos sin interrupción insistiendo a la población a quedarse en casa. El primer ministro sueco, Stefan Löfven, dijo que Suecia había sido atacada. Médicos y enfermeros socorrían a los heridos. Mientras helicópteros volaban por el cielo buscando al criminal. Policías con ametralladoras y ropa especial trajinaban las calles centrales, los túneles del Metro y lugares sospechosos.


Según el periódico “Aftonbladet”, Akilov afirmó en una entrevista: “he matado a los infieles”. Además dijo que deben cesar los bombardeos a Siria.
La prensa sueca ha escrito, con lujo de detalles, la vida del terrorista. Es más, algunos periodistas han viajado a Samarkand (Uzbekistán) lugar de nacimiento de Akilov. Allí pudieron constatar que es un hombre divorciado, sus padres habían muerto y su ex mujer trabaja en Turquía. Su única familia son sus cuatro hijos que viven solos en una casa humilde.

Rakhmat Akilov solicitó, al Estado sueco, el permiso de residencia en noviembre de 2014. Después de hacer minuciosas investigaciones, las autoridades suecas negaron su solicitud. Akilov apeló nuevamente, pero sin lograr resultado alguno. El 15 de diciembre de 2016, la Dirección General de Migraciones envió una carta a Akilov indicando que debía abandonar el país dentro de cuatro semanas. Pero no hizo caso, sino más bien se dio a la clandestinidad. De acuerdo a la prensa, algunas personas que le conocían relataron que Akilov trabajaba temporalmente en una Empresa constructora. Nunca hablaba de religión. Lo único que deseaba era trabajar más para enviar dinero a sus hijos. Sin embargo, lo echaron del trabajo porque se dormía. Nunca más volvió a trabajar, y cuando uno de sus amigos le preguntó a qué se dedicaba. La respuesta fue: a dormir y a fumar.


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