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Publicado: Miércoles, 07 de marzo de 2018

Tía Flora sólo estás dormida

Por: Ernesto Joaniquina Hidalgo


Desde el día en que negros nubarrones conminaban el firmamento de nuestra tierra y los energúmenos e intocables nos lanzaban al ostracismo y la diáspora prolongada, fue el día en que nos reconocimos porque nos obligaban a desplegar las alas al viento como vuela el búho de Minerva en el ocaso del día hacia otros cielos.


Llegamos al Walhalla de Odín, donde sus valquirias curaban a los guerreros sus dolencias del alma, llegamos tras dejar ese abominable Plan Cóndor que cercenaba y ensangrentaba al Sur. En apoteósicos reencuentros con el brazo solidario del pueblo sueco junto a su líder Olof Palme, nos reunimos. Tía Flora, tú estabas vigorosa y vital como aquellas aguerridas amazonas del cual Galeano hablaba, llegabas joven con tus retoños al hombro a quienes les diste de lactar aquella leche materna de la rebeldía sin perder la sonrisa.

Nuestro bardo Neruda sentenciaba desde sus madrigales al espanto y la ignominia prusiana: “Podrán arrancar todas las flores pero no podrán detener la primavera” y tú tía Flora, desde tu sitial, en aquellos tiempos de dictadura, luchabas sin hacer aspavientos ni ruidos, eras la mujer que combatía por un mundo más humano y justo, eras aquella madre virtuosa que hacía los milagros en las ollas vacías para aplacar el hambre de tus hijos. Fuiste la partisana codo a codo junto a todas las anónimas luchadoras de tu generación que combatieron por recuperar las libertades conculcadas y la democracia en nuestro país.

Hablar de ti, tía Flora, es hablar de un modesto grano en el desierto que junto a otros granos se convierte en remolino y en un ciclón de sentimientos. Estas palabras evocan a tu tiempo pretérito, a esa faceta humana, tía Flora, cuando por entonces en plena dictadura militar y en la clandestinidad, tuviste la valentía de operarlo de los riñones a tu pequeño hijo desahuciado que de a poquito se iba muriendo. Hoy muchos decenios después, tu hijo Fernando está presente y vital en ésta ceremonia.

En ésta tu postrer despedida tengo la sensación de que sólo estás dormida como duerme la Pachamama en el ciclo de dormancia, porque tía, sólo existe la muerte con el desmedido olvido y a ti no te replegarán al olvido porque fuiste el alma mater de tus hijos, el referente de la abnegación y del dolor ante las miserias del hombre con sus claudicaciones. Tía, porque en tu último hálito de vida, aumentaba el firmamento un astro y al igual que aquella simbólica estrella del sur, errante en el tiempo, iluminarás con tus destellos los pasos tus hijos.

O tal vez seas nuevamente la inspiración a la Madre del primer poeta indio Juan Wallparrimachi Mayta, tan telúrico con su ajayu, con su alma noble, al interpelarla a su madre:

“¿Qué nube puede ser aquella nube

Que obscurecida se aproxima?

Será tal vez el llanto de mi madre

Que viene en lluvia convertida”.

Tía Flora, tengo la sensación de que sólo estás dormida.

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